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adamigo

Mi caballo "Bayo"

 

Es recortado, con largas crines y una hermosa cola y como su pelo es de color bayo, le puse de nombre “Bayo”. Siempre está contento, alegre, jovial, juguetón y a veces travieso.

Cuando me siente, su relincho me anuncia como las campanas de la iglesia del pueblo la fiesta mayor. Llega andando, luego trota y corre para volver a pararse, trotar de nuevo y después volar. Da vueltas en círculo, como si se tratase de un picadero en el que la cuerda de su ilusión se acorta rápidamente para alcanzar mi extendida mano y recoger su terrón de azúcar.

Nunca lo he montado, me lo dijo él. Se sentiría dominado, sometido, humillado y vejado. Siempre caminamos juntos, de igual a igual, aunque a veces se retrasa para mordisquear algunas hierbas que parecen ofrecérseles, pero él, con gesto parsimonioso y lento, y con sus relucientes marfiles da buena cuenta de ellas. Luego me alcanza y con la frente golpea mi espalda, creo oírle decir: “ya estoy aquí”.

Al llegar al arroyo siempre el mismo ritual. Me mira, como ofreciéndome beber primero, y ante mi pasividad baja su cuello, bebe, lo levanta y me acerca su cabeza dejándome los diamantes húmedos que caen de su boca. Así una y otra vez, hasta que con voz airada y retrocediendo le repito: “Basta, basta, Bayo, que me tienes empapado”. Acto seguido, sumiso busca mi mano que, en un gesto de benevolencia, acaricia su frente; sólo entonces vuelve su sonrisa.

Paseamos; al pasar por la puerta de la tía Encarna, relincha, la llama, hasta que por el portal de la casa una voz lejana repite:

- ¡Impaciente; espera que ya voy!.

Aparece la tía Encarna con su hijo Manolo en una silla de rudas. Ella traspasa el umbral, se acerca y acaricia su lomo. De un bolsillo del vetusto delantal saca una pulcra manzana que él ya buscaba, y que toma con avidez.

Bayo, avanza unos pasos y alarga el cuello hasta poner su cabeza al alcance del impedido; éste con gestos dificultosos lleva sus manos hasta el reluciente lucero que adorna su cabeza. Luego intenta asirse a ella con sus mermadas fuerzas, mientras Bayo, incapaz de la menor brusquedad, permanece sereno e impasible, soportando todas las torpes muestras de júbilo y gozo que salen del henchido corazón de Manuel.

De repente lo monta. Bayo contento trota y trota, corre, galopa y galopa, recorre la calle, hasta al prado, salta y brinca, juegan y vuelven Todo ello sin traspasar el umbral, impregnado ya del rocío que le vierten los profundos y desgastados ojos de la tía Encarna. Se repone y con un raro timbre de voz despierta a Manuel.

- ¡Suéltalo, que tiene que continuar! Mañana volverá y lo montarás de nuevo.

Bayo se aparta, se da la vuelta y continuamos el camino, aunque en algún momento vuelve la cabeza para, con un ademán agradecido, despedirse.

Si alzamos la vista vemos una larga y aburrida vereda, interminable, pero, casi sin advertirlo y de improviso nos alcanza la tarde. Parece darse cuenta, y con un trote ligero me dice: “rápido, volvamos antes de que llegue el ocaso”. Yo, sin aliento ya, no puedo seguirle, pero él me espera, se para, me mira y de nuevo emprende el trote. Le escucho musitar: “qué lento y frágil es mi amigo”. Lo ignoro.

Llegados a la casa, no separamos y cada uno busca su aposento.

-Hasta mañana, Bayo- le digo con voz cansada.

No responde y se retira.

Así, de esta manera apacible y agradable paso las tardes de este mes de Mayo con mi caballo “Bayo”.

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